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La pregunta no es si podemos darnos el lujo de invertir en cultura. La pregunta es si podemos darnos el lujo de no hacerlo.

PorNatalia Stipo el


Hay afirmaciones que revelan más sobre quien las dice que sobre la realidad que describen. El 13 de marzo, el ministro de las Culturas Francisco Undurraga justificó el recorte del 3% ordenado por Hacienda con una frase que merece ser analizada: "Aquí hay un gasto excesivo en cultura". El presupuesto al que se refería: 549 mil millones de pesos, equivalente al 0,6% del gasto público nacional. Ese es el número que el nuevo gobierno considera excesivo.

No es una posición técnica. Es una declaración de valores.

El 0,6% es el techo que el presupuesto 2026 logró alcanzar tras años de incrementos sostenidos, partiendo de un 0,3% en 2022. La meta comprometida era el 1%, estándar que sitúa a Chile en el piso de América Latina según estudios comparativos de la Biblioteca del Congreso Nacional basados en cifras CEPAL. Llamar "excesivo" a ese avance es, cuando menos, desproporcionado.

Además, el argumento tiene una contradicción interna: si el problema declarado es que "los artistas no vieron ninguno de esos beneficios", la respuesta lógica es mejorar la distribución, no recortar. Recortar sobre una inversión mal distribuida no corrige la falla: la consolida. 

Pero hay algo más que se omite en este debate. La cultura no es solo un ítem presupuestario: es un activo estratégico. Solo como ejemplo, el año pasado, Qatar eligió a Chile como su socio en América Latina para el Año de Cultura bilateral. Ese programa generó más de 430 publicaciones en prensa nacional, 51 reuniones de negocios B2B internacionales y más de 10 acuerdos de cooperación en curso, según el Reporte YoC Chile 2025 de Trama Cultura. Eso no es gasto: es retorno.

Recortar cultura en 2026 también es tomar la decisión equivocada en el momento equivocado. El mundo enfrenta simultáneamente una crisis de identidad humana frente a la automatización, aumento de la violencia, índices de salud mental en deterioro sostenido, y una búsqueda de sentido que ningún algoritmo puede resolver. La OMS publicó en 2019 un informe que revisó más de 3.000 estudios científicos y concluyó que la participación en actividades artísticas y culturales reduce el estrés y la ansiedad, previene enfermedades mentales, mejora la resiliencia y fortalece la cohesión social. No son metáforas: son resultados medibles. 



Y mientras el nuevo gobierno mira hacia atrás para recortar, el mundo mira hacia adelante para invertir. Según el informe Perspectivas de la Economía Creativa 2024 de la UNCTAD, las exportaciones de servicios creativos crecieron un 29% entre 2017 y 2022, alcanzando 1,4 billones de dólares. En 2021, la Asamblea General de la ONU declaró el Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sostenible, reconociendo formalmente a las industrias creativas como sectores clave para la Agenda 2030. La UNESCO estima que el sector cultural genera 2,25 billones de dólares anuales y emplea a más jóvenes de entre 18 y 25 años que cualquier otro sector en el mundo. Y a diferencia del cobre, del litio o del gas, la creatividad no se agota. No destruye ecosistemas. No depende del precio del barril. Es el único recurso que se multiplica cuando se comparte.

Decir que el 0,6% es excesivo implica ver el Museo de Bellas Artes, el GAM, el MAC o el Centro Cultural La Moneda no como instituciones que sirven a millones de personas, sino como gastos prescindibles. Implica cerrar la puerta a los artistas emergentes cuya única red son los fondos concursables del Estado. Implica querer apostar a que Chile puede ser un país relevante en el siglo XXI sin apostar a su propia imagen.

Un país que abandona su ecosistema cultural no ahorra: dilapida. Dilapida capital simbólico, capital social y —en términos estrictamente económicos— uno de los sectores con mayor potencial de crecimiento en la economía del conocimiento. Chile tiene las condiciones para liderar ese proceso en la región: talento, patrimonio, instituciones, historia. Lo que falta es un gobierno que entienda que cultura no es ornamento. Es educación. Es estrategia. Es salud. Es futuro.

La pregunta no es si podemos darnos el lujo de invertir en cultura. La pregunta es si podemos darnos el lujo de no hacerlo.

No pedimos privilegios. Pedimos coherencia. Y pedimos que antes de recortar, se lea el número con honestidad: 0,6% no es excesivo. Es, a duras penas, el piso desde el cual recién se puede empezar a construir.